Cuentos infantiles escritos por Manuela Fernández Cacao


Bienquerido, el árbol del cariño


  




    Érase una vez un árbol que vivía en el jardín de una casa.
   Esta casa era grande con tejado rojo y chimenea y estaba situada entre el pueblo y unos campos donde algunos vecinos  criaban  vacas y caballos y otros cultivaban la tierra. 
   Pero volvamos al árbol. Era un árbol normal y su vida  era como la de cualquier otro: le nacían hojas, bebía agua de lluvia y movía sus ramas con el aire.

   Un día la casa cambió de dueño, la compró una pareja   padres de dos pequeños, uno que gateaba y su hermana que apenas se mantenía en pie.



   Desde el primer día la madre de los niños se acostumbró cada tarde a sentarse bajo la sombra de nuestro árbol para jugar con los niños sobre una manta.
   Poco a poco Pablo y María, que así se llamaban los niños, fueron creciendo y su lugar favorito siguió siendo el mismo, junto al árbol.
   A los niños les gustaba jugar al discóbolo junto al tronco; apoyar sus espaldas sobre él mientras hacían las tareas del colegio; tapar sus ojos con las ramas para no ver nada cuando jugaban al escondite y cantar ¡casa! cuando llegaban a él  tocándolo con sus pequeñas manos.
   Pero sobre todo no dejaban de cuidar de él y así en los días muy secos, cuando apretaba el calor, sacaban de casa un cubo de agua y la echaban en la base del árbol. Si una hoja parecía secarse se la quitaban para que siempre luciera espectacular y en navidad colgaban de sus ramas decenas de  bolas de colores y guirnaldas.


   Sus ramas no dejaban de alargarse y cada vez se volvían más fuertes, tanto que el padre hizo una casa de madera en todo lo alto del tronco para que los niños jugasen en su “lugar secreto” como la llamaron ellos.
   El árbol era feliz viendo a los niños corretear a su alrededor, se sentía amado y  sentía que su vida tenía una utilidad.

  
    Pero un día por la ventana del salón, nuestro árbol observó que  los padres tenían una conversación con sus hijos, estos salieron fuera de la casa y  se echaron a llorar abrazados a sus ramas.
   Los padres habían decidido que los niños tenían que seguir sus estudios fuera del pueblo, tenían que estudiar en la ciudad para que llegasen a “ser alguien” fueron las palabras textuales que utilizaron.
   Antes de irse grabaron sus nombres en el tronco: "Pablo y María", para que de alguna manera algo de ellos permaneciera allí.




   Al invierno siguiente la casa se había quedado vacía y nuestro árbol, por primera vez en su larga vida,  se sentía solo.
   Ya no escuchaba el griterío de los niños dando vueltas a su alrededor,  ni sentía las manos que le acariciaban, ni la pelota que chocaba contra su tronco para jugar como si él fuera un niño más.


   

    Mientras, en la ciudad, los niños dejaban de serlo. A lo largo de los años no dejaron de echar en falta el sol brillante del paisaje de su niñez, el olor del rocío en el campo y por supuesto al árbol, aquel al que tanto habían mimado.


   Las ramas no tenían fuerzas para mantenerse erguidas y las hojas iban perdiendo su color verde para volverse oscuras. Pero ya a nuestro árbol le daba igual, había perdido la ilusión por vivir.




   Pasaron los años y Pablo y María crearon sus propias familias, tuvieron sus propios hijos, niños que a la salida del colegio jugaban entre  coches, respirando humo y escuchando el  ruido de los frenos de  autobuses. Si, ellos habían triunfado en sus carreras, tenían de todo lo que se puede tener  sin embargo había una nostalgia en sus vidas que no lograban superar.

   Una tarde, mientras  ambos veían a sus hijos jugar en la arena de un parque entre columpios de hierro, rememoraron el brillo  de la hierba que rodeaba la casa de su niñez y el sonido del trotar de los caballos a lo lejos. Se lamentaron de que sus hijos no pudieran vivir todo aquello y sobre todo, que no pudieran tener como amigo a aquél árbol que ellos jamás habían olvidado. Sin más dudas esa misma noche se reunieron  las dos familias y tomaron una decisión.

   Solo tardaron una semana en recoger los enseres de donde vivían y viajar al pueblo, a la antigua casa. Aquel sería su nuevo hogar. Allí se dedicarían al cultivo, venderían las frutas que cultivasen, harían quesos con la leche de las vacas que comprasen  y las dos familias vivirían como una sola.



   Cuando llegaron se encontraron al árbol que apenas tenía cuatro ramas y la madera de aquella casa que un día sostuvo en lo más alto como lugar secreto, ahora se encontraba esparcida por todo su entorno.


   Él árbol cuando los vio creía que eran personas extrañas pero Pablo y María, como cuando eran niños,  corrieron a su tronco y se abrazaron a él. Nuestro árbol reconoció al instante el latir de aquellos corazones. Por un momento creyó que era un sueño pero  no, no soñaba, era una realidad. “Arreglaremos la casa de madera, la haremos más grande porque ahora no somos dos, ahora son cuatro los niños que subirán a ella” gritaban risueños y llenos de ilusión.

   Nuestro árbol tuvo que poner mucho de su parte, quería volver a ser capaz de sostener a los niños cuando se subieran a él y fue poco a poco, día a día que sus raíces fueron cogiendo de nuevo fuerza y sus ramas viveza.

   Los niños le pusieron  por nombre: “Bienquerido” por el cariño que les nacía hacia él.





   Le compraron abono y sustrato para ayudarle a fortalecer, pero no fue más que el cariño al que se había acostumbrado antaño que encontraba de nuevo, el que le hizo volver a vivir.








Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


41 comentarios:

Mara dijo...


Muy bonito cuento que hoy más que nunca en nuestra tierra que tiende a la despoblación vendrá bien contar a los más pequeños. ¡Me ha encantado pasar por aquí! Un saludo.

chema dijo...

qué bonito cuento! los recuerdos de la infancia son los que más marcados se quedan. los árboles pueden llegar a vivir muchos años. si pudieran contar todas las cosas que han visto...
abrazos!

Francesc Puigcarbó dijo...

un cuento muy hermoso, todos hemos tenido en nuestra infancia nuestro árbol, un árbol al que abrazar.

Saludos

Alfred dijo...

Un cuento muy acertado para los tiempos que corren. Hemos abandonado la vida de verdad.
Un abrazo.

Maite dijo...

¡Qué bonito, Manuela! Creo que los árboles, las plantas perciben el cariño y el cuidado tanto o más que los animales. Y lo agradecen también.
Bonito cuento que me he leído antes de ir a dormir.
Gracias.
Besos

Tracy dijo...

Estos cuentos además de entretener educan lo cual es muy interesante en esta época que cuidar de la naturaleza en nuestra obligación.

Sempiterna dijo...

Que lindo cuento tengo que agradecer que tengas un blog tan bonito y posts tan interesantes!, besos y abrazos.

-Bea.

Sempiterna (Moda y mas)
Geeky Freaky (Juegos, tutoriales, series,etc)

Margarita HP dijo...

Precioso Manuela, que bonito. Y además de esos que a mí me gustan que llevan una moraleja preciosa. Ese cariño, esa libertad, la naturaleza... Me ha encantado. Enhorabuena.

Besos :D

Genín dijo...

Con todo lo viejo que soy y me he emocionado... :)
Besos y salud

esteban lob dijo...

Excelente...brillante, Manuela . Gran manera, tierna y emotiva, de hurgar en la hermandad que debiera existir siempre entre humanidad y naturaleza.

Felicitaciones australes.

DULCINEA DEL ATLANTICO dijo...

Hola Manuela, has escrito un cuento muy emotivo con los árboles como compañeros de vida.
Un abrazo
Puri

mjesus dijo...

Que bonito, y cuanta letra pequeña para pesar
Se feliz

Dionisio ALVAREZ T. dijo...

Sabía secuencia Manuela de etapas qué se van y solo se pueden retomar en la ficción rememorada del ensoñado recuerdo...me ha gustado.
Un abrazo

La señorita Rita dijo...

Hola , Manuela, dejaste un comentario en mi blog y eso me ha permitido conocerte. Tienes un blog precioso, lleno de cuentos maravillosos.A mí me encanta la literatura infantil y también escribo de vez en cuando. Me quedo aquí para poder seguir tus publicaciones y leerte. Un abrazo.

TORO SALVAJE dijo...

Es bonito y muy emotivo.
De esos de suspirar.

Besos.

Lirtea dijo...

Me encantó leerlo y vi el arbol y sus ramas,eso fue gracias a tu magnífico relato

Diana Moriel dijo...

Un cuento muy hermoso, con un mensaje para reflexionar, felicidades!
Bs

Marcos dijo...

Sin duda, todo árbol tiene su corazoncito.

Mari-Pi-R dijo...

Tus cuentos son preciosos!.
No siempre se tiene el coraje de volver al pueblo y abandonar la vida de ciudad, pero si en ello se encuentra la felicidad de que vale tanto lujo y comodidades.
Un feliz fin de semana.

Flor dijo...

Sabes me gusta mucho este cuento , ya que es muy tierno y con un buen mensaje , me alegra mucho el volver a pasar por este bello y cálido rincón , te deseo una feliz semana besos de flor.

José Ramón dijo...

Es un agrado pasar por este blog Saludos

Laura. M dijo...

Me encantó. No sé si nos tranmitiran algo, pero y me gusta abrazar los árboles.
Beso.

carlos perrotti dijo...

Un cuento realmente conmovedor. Te felicito, Manuela.

Abrazo.

Piedad dijo...

Hola, Manuela.
Agradecida por tu visita paso a saludarte y como no, a leer este hermoso cuento con el que he vuelto a mi infancia, al campo y a esos árboles que me daban sonbra y en los que cantaban los pajarillos...
Bonito mensaje para recordar la grandeza de la naturaleza.

Que tengas feliz fin de semana.

Rafael Humberto Lizarazo dijo...

En el solar de la casa de mis abuelos tuve mi propio árbol, hace algunos años se murió de viejo, pero lo repusimos por otro que ya está crecido y frondoso.

Muy bello y tierno tu cuento.

Un abrazo.

Buscador dijo...

Vengo de la noche y soy fruto de la casualidad. Nací volando porque mi madre me ofreció como alimento para un pájaro. Atravesé extensos campos y sobrevolé montañas en un solo día… Pero claro, estos son recuerdos de infancia y de la incertidumbre de no saber dónde echaría raíces. Escuchaba el corazón de mi piloto: bumbum bumbum bumbum... -acelerado como el de un humano que se lleva un susto- hasta que fui a parar donde me veis ahora.
Una hormiga quiso llevarme a su hormiguero pero me salvó una tormenta de verano hundiéndome en la tierra que me vio nacer. Mi alumbramiento tuvo sus peligros y a punto estuve de ser devorado por una cabra si no llega a ser por el disparo certero de la honda de un pastor. He conocido el frío y los días calurosos del verano, la sequía y los momentos de abundancia, la soledad y a quien ha buscado cobijo en mi sombra. En este lugar tan aislado he crecido y me he hecho mayor. Como mi madre, también he dado mi cosecha, y un hijo crece cerca de mí. A veces nos intercambiamos polen y, resulte o no chocante, por Primavera somos afectuosos gracias al viento, las abejas y otros insectos.
Hoy comienza otro día y cuesta sobrellevarlo pues el año no ha sido muy lluvioso. Mis frutos son escasos y enfermizos. Hasta los nidos de mis amigos los pájaros se empiezan a quedar vacíos en la búsqueda de tierras más productivas. Con el sol en el horizonte exhalo oxígeno y eso me llena de orgullo. Antes de amanecer el viento agita mis ramas anunciando el nuevo día con un sonido que agrada a los hombres y, desde mi soledad, me siento importante. En las tardes de verano un labrador duerme a mis pies y yo le refresco y le arrullo tras su fatigoso trabajo en la campiña, porque es un amigo fiel y en más de una ocasión me salvó la vida. Durante todos estos años puedo dar fe de quién soy, y así lo sentirá quién se acerque a mí… soy VIDA.

Loverlyriam dijo...

Qué bonito. :)

Gladys dijo...

Que lindo cuento amiga la verdad que conozco varias familias que han vuelto después de años a sus orígenes, es lindo volver al lugar donde se a nacido, que felicidad para el árbol. Un abrazo bellas letras.

La utopía de Irma dijo...

Bonito y entrañable relato, si no lo haces ya, te invito a que escuches todos los domingo a las 11 de la mañana el programa de Radio 3 El bosque habitado, si no lo conoces te sorprenderá gratamente, ya me contarás.

Bueno a María y a Pablo les diría que por favor no graben sus nombres en el tronco, les provocamos heridas y se les hace mucho daño.

Últimamente parece que esta sociedad está reñida con los árboles y ellos son los que nos dan vida y color a las ciudades, bonita utopía la de alejarse de las ciudades grises que nos están abduciendo.

Besines utópicos, Irma.-

Laura. M dijo...

Buen fin de semana.
Besos.

Maripaz dijo...

¡Que bonito! Un cuento con moraleja, pues hemos creado unas ciudades inhabitables, un modo de vivir inhumano.
Un placer leerte, Manuela.
Besos.

Susana A dijo...

Bonita historia. Un beso

Trini Altea dijo...

Que tengas buena semana

Maria De Los Ángeles dijo...

Como todos los cuentos el tuyo es muy bonito. espero que lo lea mucha gente.
Un saludo desde Madrid

monica pin dijo...

Hola Manuela.
Buenas noches.
Que alegría de poder leer un cuento tan fantástico y repleto de fantasía. Me ha gustado mucho.
La verdad que soy una persona de cuentos fantásticos y aquí encontrado un tesoro de lectura. Te he visto gracias a un comentario que he visto en el blog de Llorenç.

Una abrazo mágico 🌾🌷🌾

Eugenia Maru http://lulurulitos.blogspot.com dijo...

Bonito texto, y que trae recuerdos de una niñez feliz, no como ahora, que los niños no juegan, no sueñan, no corren. Están absorbidos por los celulares, tablets, etc.
Ojalá nunca dejemos de soñar.
Un abrazo

Alfa Fon-Amor dijo...

Que lindo blog,gracias por tu visita que me permitio,conocerlo,te enlazo al mio así no pierdo lo que escribes,saludos.

La Biosfera de Lola dijo...

Precioso Manuela, muchas gracias por tu visita y por darme la oportunidad de conocerte. Un saludo.

Piedad dijo...

Hola, Manuela.
Vengo de tu otro blog y no sé por qué no te he podido comentar.
Quería saludarte y decirte que me ha sido divertido y entretenido el tic, tac del reloj.

Que tengas feliz fin de semana.

Abrazos.

ANNA dijo...

Gracias por aportacion y visita.
te lo agradezco mucho.
Besos

Ysnelda Solano dijo...

Hola, tanto gusto visitarte en tu casita virtual. Que hermoso relato, llevas a mi mente a recuerdos de compartir en familia sonrisas y cariño.
Un gran abrazo. Gracias por compartir.