Cuentos infantiles escritos por Manuela Fernández Cacao


Thor






Érase una vez una familia que vivía a las afueras de una aldea. Se habían trasladado hasta allí hacía poco buscando trabajo para el padre que era carpintero, allí podía encontrar fácilmente madera para las mesas y sillas que fabricaba. La madre cuidaba de la casa y del hijo que tenían, Mario, un niño muy obediente y  aplicado.


La vida era bonita para  ellos hasta que un día  el padre tuvo un accidente, un gran tronco  le cayó sobre las piernas. El médico le dijo que era muy difícil que volviera a andar, ante esas duras palabras el padre  cayó en la desesperanza y se quedó sentado en una silla maldiciendo su suerte. Así que la madre fue desde entonces quien tuvo que procurar el pan para la familia y ¿cómo podía traer dinero a casa?




Buscó trabajo en la aldea pero quienes vivían allí  era gente
pobre y no les sobraba para pagar a nadie. Se le ocurrió entonces que con el poco dinero que le quedaba podía comprar  unas semillas y plantarlas, así tendrían tomates, patatas y lechugas para comer todos los días y el resto del dinero dejarlo para que Mario pudiera seguir acudiendo a la escuela, una escuela muy humilde  donde una maestra enseñaba a leer, escribir y hacer cuentas.



Mario había perdido la alegría, ya su padre no podía jugar al balón con él, ni iba a recogerle a la escuela, ni pescaban juntos… Por todo esto se volvió protestón: —que si esto no me gusta, que si aquello tampoco—,  no rendía en los estudios, ni jugaba con los amigos.

En resumen, la alegría se había marchado de la casa.





Un día en la escuela,  la maestra  puso una tarea a los niños: cada uno de ellos tenía que dibujar a su mascota. Todos se dispusieron a ello.





Hubo quien comenzó a dibujar un pajarito con plumas de mil colores y  pico sonrosado;  una niña un poni de color blanco con una cola llena de lazos de diferentes tamaños. La compañera de pupitre de Mario empezó a dibujar un perrito con dos orejas puntiagudas, dos ojitos como soles y mucho pelo.










—Los perros no tienen tanto pelo —dijo Mario.

—Este si —respondió la compañera.

—Y tampoco  tienen esos ojos tan redondos.

— ¡Uy que no!




Todos pintaban su mascota menos Mario que no tenía ninguna.
El timbre del colegio puso fin a la clase y los niños salieron a toda prisa.
De nuevo Mario salía de la escuela y no estaba su padre. De mal humor se fue solo a casa, allí le esperaba su madre con la mesa puesta y como siempre con un único plato para comer.  



Esa misma noche, estando todos en la mesa, oyeron un ruido.

—¿Qué es eso? —Dijo Mario.


El ruido venía de fuera, alguien arañaba la puerta de entrada. La madre se dirigió con mucho sigilo y abrió. Miró al frente y no vio a nadie, a los lados y tampoco y a eso que sintió como un cosquilleo en  el pie, miró hacia abajo y allí estaba el responsable de los arañazos en la puerta, se trataba de un pequeño perrito que le miraba ocn ojos juguetones. 





Increíble, un perrito llamando a su casa y con el frío que hacía afuera. El perrito no lo dudó,  entró corriendo hasta llegar junto a la chimenea, allí  se sacudió y se tiró a todo lo largo mientras todos le miraban con extrañeza.




El padre dijo:

—Tiene que tener frio y seguramente no habrá comido.

La madre fue a la cocina  y le trajo un plato con leche y migas de pan que el perrito comió en un plis plas, parecía que no había comido en una semana. Una vez que terminó se acurrucó en los pies del padre de Mario y éste, al acariciarlo, observó que tenía en el cuello un collar con una inscripción, en ella se leía: “Thor”.

 —Este perrito se ha debido de perder —dijo—. Haremos una cosa, se quedará aquí hasta que sepamos quien es el dueño.

La madre dijo:

 —Pero no tenemos casi para comer nosotros, ¿qué le vamos a dar?

 —Algo habrá, mujer. Mario, encárgate tú de preguntar en la aldea a quién se le ha perdido un perrito.



Mario, desde que entró Thor a su casa, no olvidaba que su compañera de pupitre había dibujado como mascota a un perrito idéntico a este: orejas puntiagudas, ojos redondos, mucho pelo… ¿sería él? Por otra parte la idea de tener en casa un perro le agradaba, tendría alguien con quien jugar y si los demás compañeros tenían mascotas por qué él no. Así que decidió no preguntar a nadie y guardar el secreto.



— ¿Qué te han dicho en la aldea, conocen de quién es el perro?

—Nada, nadie sabe nada, seguramente será de algún viajante que lo haya perdido —respondía Mario días tras día.


La cuestión es que según pasaba el tiempo el perrito era más querido en la casa y es que Thor se daba a querer.
Mientras Mario estaba en el colegio Thor  pasaba las horas alrededor del padre, se subía de un salto a sus piernas, o le traía lo que encontraba por la habitación para que se lo tirase y él recogerlo una y otra vez. Al padre cualquier cosa que hiciera Thor le hacía reír.
La madre estaba desesperada, cuando venía de trabajar del huerto se encontraba todo por medio, el mantel por el suelo, pinzas de tender  por todos los rincones…   y el padre le decía:

 —Ten paciencia, es pequeño y quiere jugar.


En cuanto a Mario, estaba deseando llegar a casa para  ponerse a jugar con el perrito. Eso sí, el padre le obligaba a terminar antes los deberes, pero él había vuelto a tener ilusión y no le importaba hacerlos rápidamente.

Thor  sabía la hora de venir el niño y esperaba tras la puerta para saltar al verle y darle  lengüetazos  de alegría. 
Pero la madre estaba muy preocupada, apenas quedaba ya comida, el frío  había estropeado todo lo sembrado en la poquita huerta  que tenían.





Una noche llegó la hora de cenar, esa noche la mesa no estaba puesta. La madre que llevaba horas dando vueltas por la habitación se sentó y se puso las manos tapándose la cara para que  nadie viera cómo lloraba,  no sabía cómo decir que no había nada para comer. Thor salió de la casa empujando la puerta que estaba entreabierta y empezó a ladrar desde el jardín.
Mario salió tras él y a los dos segundos volvió sobresaltado,

—Mamá, mamá, ven, corre, Thor ha encontrado algo.

Thor había escarbado en la base del cerezo y había desenterrado una bolsa de cuero. La madre no salía del asombro, cogió la bolsa y la abrió, y cual fue su sorpresa cuando vio tres monedas de oro. Entró corriendo a la casa a enseñárselas a su marido y éste dijo:

—Estas monedas deben valer mucho, ve a la aldea, mujer, y cámbialas por comida.

Y así hizo, fue y con el dinero que le dieron por las monedas pudo comprar comida para un mes, semillas para volver a plantar todo lo que había perdido, una vaca para que le diera leche y unas gallinas para tener huevos.





El ambiente en la casa había cambiado desde que Thor formó parte de ellos.
Mario se había vuelto muy aplicado y ahora siempre sonreía y era obediente. El padre reía, contaba historias y  la madre se sentía contenta porque todos lo eran aunque la felicidad no era completa,  le apenaba ver a su marido en una silla.




Una tarde, el padre jugaba con Thor, la chimenea estaba encendida, se entretenían con una pelota  hecha de papeles. Una de las veces que la tiró  alcanzó a   uno de los leños que ardían dentro de la chimenea, estaba a llí no había nadiepunto de caerse uno de ellos cuando Thor se acercó a coger la pelota, el padre dio un grito al ver que le iba a caer encima al perrito y quemarle, dio un salto de la silla y corrió hacia él. Le dio tiempo a coger a Thor antes de que le pasara nada pero lo más asombroso fue que había sido capaz de levantarse de la silla y andar, y ahora estaba en pie con Thor en sus brazos.
Cuando entró la madre asustada por los gritos y le vio, se echó a llorar de alegría.




Esa noche cenaron, cantaron y bailaron, nunca habían sido tan felices. Pero ¿dónde estaba Thor? se preguntaba Mario y salió al jardín a buscarlo.

No estaba por allí así que fue hacia la parte posterior de la casa y fue cuando le vio.

Allí estaba Thor, de espaldas, mirando hacia arriba. El perrito parecía escuchar a alguien y contestar a su manera con sus ladridos, muy bajito, como si no quisiera que nadie más  le escuchara, pero ¡allí no había nadie más que Thor!.
Mario asistía a la escena en silencio sin querer ser visto.
El niño se retiró y se pasó toda la noche pensando en aquella escena tan misteriosa.



Según desayunaba se acordaba de la compañera de pupitre y el  perrito que pintaba. No había hecho bien en no preguntarle si el perrito era suyo,  por otra parte si era de ella debía conocer el misterio.  Tenía que verla y  preguntárselo. Y así hizo, salió todo lo rápido que pudo  de su casa y no paró de correr hasta que vio a la compañera.

—Daniela, ¿terminaste tu dibujo? Déjamelo ver.

No había duda, el dibujo estaba terminado y al terminarlo le había dibujado un collar con el nombre de Thor.  

 — ¿Este perro es tuyo?

 —No, es Thor.

Al escuchar esto, Mario sintió  alivio de que no fuera suyo pero la niña siguió hablando,

 — ¿No conoces la historia? Thor es un perrito que desde siempre vive en alguna aldea de esta comarca, nadie sabe dónde, pero  cada vez que alguna familia le necesita va a su casa. Algunos dicen que es un angelito.



Mario fue corriendo a su casa temiendo lo peor, que ya no estuviera, y efectivamente Thor ya no estaba.
Por su casa había pasado y había conseguido que la felicidad volviese a vivir entre ellos, ahora seguramente otra familia, en otra aldea, le necesitaba.




Sabed niños que los ángeles existen, a veces en forma de perritos como Thor, ellos nos dan alegría, juegan con nosotros, nos hacen reír, y  nos dan mucho amor y con amor todo es posible.
















Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derecho Reservados.


Marcos, el niño que no dejaba de mentir






Érase una vez un niño que se llamaba Marcos. Vivía con su familia en una casa muy humilde, a las afueras de un pequeño pueblo.

Su padre trabajaba muy duro  sembrando el campo y la madre cuidaba de la vaca y las gallinas  para obtener leche y huevos.  Marcos era el mayor de dos hermanos y como tal tenía que ayudar a sus padres en las tareas de la casa y así alguna vez iba a la fuente a coger agua para fregar los platos, o  a recoger la ropa limpia cuando se secaba después de haber estado tendida al sol,  e incluso le mandaban al pueblo a hacer recados.

Pero Marcos era muy mentiroso,  mentía y mentía  a cada momento.  Si  partía algo en casa decía que había sido su hermano pequeño,  y si se le olvidaba cerrar el gallinero y se escapaban las gallinas  le echaba la culpa al viento que había abierto la puerta.



Un día le dijo la madre:

—Marcos, lleva esta tarta que he preparado al pueblo, en la tienda de comestibles te la cambiarán por medio kilo de arroz que me hace falta.

Marcos cogió la tarta y se dispuso a llevarla.








Para llegar hasta el pueblo tenía que atravesar un bosque de una hermosura sin igual. Sus árboles parecían llegar al cielo y un bello lago hacía de espejo. 

Marcos se adentró en el bosque, era una tarde muy apacible. Iba cantando alegremente mientras el aroma a fresas de la tarta le hacía cosquillas en la nariz.



—Umm…,  me la comería ahora mismo —decía el niño— pero no debo.

—Umm…, qué rica tiene que estar  —se repetía una y otra vez.

Marcos se sentó sobre una piedra junto al  lago y empezó a mirar la tarta con ojos golosos. No pudo resistirse y se la comió.

—Qué rica estaba —decía relamiéndose, pero dándose cuenta de que ya no podía llevarla a la tienda y que le dieran arroz por ella  comenzó a lamentarse—.  ¿Pero ahora qué voy a hacer? Oh, mi madre me va a reñir y me castigará y además no tendremos arroz para comer.



Y diciendo esto apareció de entre los matorrales un ser bajito con orejas puntiagudas  y gorro  amarillo.

—Hola, ¿me estabas llamando?

—¿Yo? No, ¿quién eres?

—Soy el duende del bosque. ¿Nunca has visto un duende?

—No.






—Pues ya ves a uno. ¿Por qué lloras?

—Me he comido la tarta que había preparado mi madre para cambiarla en la tienda por arroz, ahora no podré llevarla y no tengo dinero para comprar el arroz,  mi madre me regañará.


—Tengo la solución a tu problemas. Toma —dijo sacando de entre las hierbas un saco de arroz—. Llévaselo a tu madre solo tienes que decirle que has hecho el encargo, ella no sabrá tu mentira y no te regañará. 

—¡Qué bien!, menos mal que te he encontrado.

Y así hizo. Cogió el saco de arroz y se lo llevó a su madre.

Cuando la madre vio el saco exclamó muy complacida por la cantidad tan grande de arroz conseguida por su hijo.

—Mamá, fue fácil, le dije a la tendera que la tarta era sabrosa y grande así que me tenía que dar mucho arroz a cambio.





El día  continuó y a la mañana siguiente la madre le dijo a Marcos:

—Hijo, coge esta docena de huevos y llévala a la cantina del pueblo, el bodeguero te dará vinagre que me hace falta para cocinar.

Marcos cogió la cesta de los huevos y se dispuso a atravesar el bosque.

Iba muy alegre dando saltos y patadas a las ramas sueltas que  encontraba en el camino hasta que llegó   al lago donde quiso jugar a la rana.  Dejó la cesta de los huevos a un lado y cogió una piedra, cuando tomó  impulso para tirarla y  que llegara muy lejos  dio  un paso atrás sin recordar  que allí había dejado la cesta de los huevos, cuando se dio cuenta fue demasiado tarde, había pisado la cesta y con ello los huevos estaban todos rotos.

—Oh, qué fatalidad. ¿Qué haré ahora? ¿Cómo va el bodeguero a darme el vinagre si ahora no tengo ni los huevos ni el dinero para comprarlo?

—¿Otra vez aquí? —dijo el duende que volvió a aparecer  de entre los árboles.

—Mira lo que me ha pasado, no podré cambiar los huevos por el vinagre —dijo el niño al duende que le miraba con los brazos en jarra.

—Umm…, está bien, yo te lo soluciono.

El duende sacó  una botella grande de vinagre  de detrás de una piedra y  continuó diciendo:

—Solo tienes que decirle a tu madre que hiciste el encargo.

—¡Bien!  Será sencillo —replicó el niño ya con un tono alegre, y cogiendo la botella se fue corriendo a su casa.



—Hola hijo, qué pronto has venido y qué botella más grande, pensé que solo te daría medio litro.

—No mamá,  dije que los huevos eran de gallinas bien criadas y muchos tendrían  dos yemas así que la botella de vinagre tendría que ser la más grande que tuviera.

—Marcos —dijo el padre—, como se te da  bien el trueque me acompañarás mañana, he recolectado unas frutas y las llevaremos al pueblo a ver qué nos dan por ellas.






Y así hicieron,  al día siguiente fueron padre e hijo con varias cajas  de melocotones al pueblo,  y como estos eran  amarillos como soles y suaves como el terciopelo, nada más llegar les fue fácil cambiarlos por un saco de cuero lleno de monedas. Con él,  Marcos y su padre emprendieron la vuelta a casa contentos por el negocio.

El padre iba relatando en voz alta lo que haría con ese dinero: compraría unos clavos y cercos para arreglar las ventanas de la casa porque cuando llovía entraba el agua por las rendijas, también compraría unas telas para que la madre hiciera unos trajes más fuertes para el  trabajo, unos zapatos para Marcos y su hermano que ya se les habían quedado pequeños los que tenían…, y así se les hacía el camino corto. Pero el día era caluroso y cuando iban por medio del bosque el padre quiso refrescarse la cara con el agua del lago.



Según se sentó en la orilla Marcos vio que entre los matorrales aparecía el duende.


—¿Qué haces aquí? —le dijo el niño sobresaltado.

—¿No me has llamado? —le respondió el duende.

—No, hoy no, está aquí mi padre y te va a ver, vete.

—No te apures tu padre no puede verme, está dormido. Pero dime, ¿vienes a pagarme los favores, verdad?

—Yo no te debo  nada, no te pedí que me ayudaras.

—Bueno, con ese saco que veo de monedas creo que será suficiente, me daré por pagado.

—¡No, no puedes hacer eso, ese dinero es de mi padre y lo necesita!.

Y el duende desapareció con el saco de monedas.

Marcos todo turbado despertó a su padre diciéndole:

—Vamos, papá, se hace tarde y tenemos que llegar a casa antes de que anochezca —dijo sin atreverse a contarle lo que había ocurrido.

—Si, hijo, además tengo ganas de contarle a tu madre cuántas cosas vamos a poder hacer.





Cuando llegaron a la casa todo eran risas y  abrazos, con el dinero remediarían muchos de los problemas que tenían. Pero cuando el padre puso el ato sobre la mesa  vio que dentro no estaba el saco de monedas. 

—¿Dónde está el saco de cuero con el que dices te han pagado?  —preguntó la madre.

—Estaba aquí —dijo el padre—.  No he podido perderlo, no me he separado del ato ni un instante. Marcos, ¿sabes tú algo?

—Papá, tú te quedaste dormido  y entonces vino el duende…

—¿Pero qué estás diciendo hijo?, ¿has cogido tú las monedas?, ¿qué has hecho con el dinero?

—No, es verdad lo que os digo, ha sido el duende —insistía el niño.

—¿Por qué mientes?, no debes ser tan mentiroso.

Y el niño aturdido y sin saber qué hacer ni decir salió de la casa  a toda prisa.



Llegó hasta el lago sin parar de correr y se sentó junto al agua llorando de forma  desconsolada.

—¿De nuevo aquí? —dijo el duende que apareció entre los matojos.

—Tú le has quitado el dinero a mi padre y no me creen. Tú tienes la culpa de todo.

—La culpa solo la tienes tú.  Tú eres quien ha mentido, yo no —le replicaba el duende.

—Pero yo no quería esto.

—Asómate al lago y mira lo que has hecho con tus mentiras.

Marcos miró el agua y como si una pantalla fuese aparecieron las imágenes.


Primero apareció  la tendera a la que tenía que haber llevado la tarta y no lo hizo. La mujer necesitaba esa tarta para venderla a la hora de la merienda a sus clientes, como no la tenía fue a su almacén a  por  arroz para preparar dulces de arroz o tarrinas de arroz con leche,  pero como tampoco lo tenía  no pudo prepararlo  así que tuvo que cerrar esa tarde la tienda. Por la noche no le llegó el dinero recaudado para cenar.



Después  apareció reflejada en el lago la imagen del bodeguero, aquél que nunca recibió los huevos. Ese día no pudo preparar las tortillas para sus clientes, ni huevos fritos  ni cocidos y como tampoco tenía el vinagre no podía servir ni ensaladas ni vinagretas, así que tuvo que cerrar esa noche y en su casa  no le llegó el dinero para cenar.




El niño al ver las imágenes se quedó impactado, no se había imaginado que con sus mentiras podía hacer tanto daño  a los demás,  incluso ahora en su casa  no había dinero para comprar los zapatos que necesitaban tanto él como sus hermanos, ni las telas para que la madre hiciera ropas fuertes  para  trabajar, ni reparar las ventanas…

—¿Ves el dolor que causas con tus mentiras y  engaños? —dijo el duende.

—Ya no mentiré más, no sabía que hacía tanto daño,  pero qué puedo hacer para repararlo, estoy muy arrepentido.

—Tienes que devolver lo que le ha faltado a todos ellos. Para eso tendrás que trabajar duramente. Ahí tienes esos maderos —dijo apuntando a un montón de troncos que se amontonaban en la ribera del lago— los cargarás y los llevarás al aserradero a venderlos, ese dinero lo dejarás en la tienda y en la bodega a donde nunca llevaste la mercancía.

—Así haré, no descansaré hasta que lo consiga.




Y el niño se puso a cargar los pesados  troncos y llevarlos uno a uno al aserradero. Fue un trabajo  muy duro y pesado que le llevó muchos días pero lo consiguió.

Con el primer pago llevó un saco de dinero a la tienda de comestibles y lo dejó en un lado del mostrador cuando nadie le veía. Con el segundo pago hizo lo mismo con el bodeguero, se lo dejó sobre un barril cuando todo el mundo miraba hacia otro lado. Y habiendo ya  terminado con la deuda se sentó sobre un madero que quedaba, el último de ellos, en ese momento  vio brillar algo al otro extremo, se acercó y vio con sorpresa unas monedas que rebosaban de un saco de cuero, era el saco que el duende había cogido a su padre con todas las monedas de haber vendido la fruta.


Rápidamente salió corriendo con él mientras decía en voz alta:

—¡Gracias duende, gracias!



Al llegar a su casa los padres le acogieron con abrazos y besos.

—Hijo, creíamos que nunca te volveríamos a ver, estábamos muy preocupados por ti.

—Lo siento, ya no volveré a mentir nunca más.



Marcos ya no volvió a mentir, aprendió que con la mentira siempre se acaba mal porque el daño que se hace a los demás es el que también te pueden hacer a tí. ¿Y sabéis una cosa? Que a partir de ese día fue más feliz que nunca.  











Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.