Cuentos infantiles escritos por Manuela Fernández Cacao


Marcos, el niño que no dejaba de mentir






Érase una vez un niño que se llamaba Marcos. Vivía con su familia en una casa muy humilde, a las afueras de un pequeño pueblo.

Su padre trabajaba muy duro  sembrando el campo y la madre cuidaba de la vaca y las gallinas  para obtener leche y huevos.  Marcos era el mayor de dos hermanos y como tal tenía que ayudar a sus padres en las tareas de la casa y así alguna vez iba a la fuente a coger agua para fregar los platos, o  a recoger la ropa limpia cuando se secaba después de haber estado tendida al sol,  e incluso le mandaban al pueblo a hacer recados.

Pero Marcos era muy mentiroso,  mentía y mentía  a cada momento.  Si  partía algo en casa decía que había sido su hermano pequeño,  y si se le olvidaba cerrar el gallinero y se escapaban las gallinas  le echaba la culpa al viento que había abierto la puerta.



Un día le dijo la madre:

—Marcos, lleva esta tarta que he preparado al pueblo, en la tienda de comestibles te la cambiarán por medio kilo de arroz que me hace falta.

Marcos cogió la tarta y se dispuso a llevarla.








Para llegar hasta el pueblo tenía que atravesar un bosque de una hermosura sin igual. Sus árboles parecían llegar al cielo y un bello lago hacía de espejo. 

Marcos se adentró en el bosque, era una tarde muy apacible. Iba cantando alegremente mientras el aroma a fresas de la tarta le hacía cosquillas en la nariz.



—Umm…,  me la comería ahora mismo —decía el niño— pero no debo.

—Umm…, qué rica tiene que estar  —se repetía una y otra vez.

Marcos se sentó sobre una piedra junto al  lago y empezó a mirar la tarta con ojos golosos. No pudo resistirse y se la comió.

—Qué rica estaba —decía relamiéndose, pero dándose cuenta de que ya no podía llevarla a la tienda y que le dieran arroz por ella  comenzó a lamentarse—.  ¿Pero ahora qué voy a hacer? Oh, mi madre me va a reñir y me castigará y además no tendremos arroz para comer.



Y diciendo esto apareció de entre los matorrales un ser bajito con orejas puntiagudas  y gorro  amarillo.

—Hola, ¿me estabas llamando?

—¿Yo? No, ¿quién eres?

—Soy el duende del bosque. ¿Nunca has visto un duende?

—No.






—Pues ya ves a uno. ¿Por qué lloras?

—Me he comido la tarta que había preparado mi madre para cambiarla en la tienda por arroz, ahora no podré llevarla y no tengo dinero para comprar el arroz,  mi madre me regañará.


—Tengo la solución a tu problemas. Toma —dijo sacando de entre las hierbas un saco de arroz—. Llévaselo a tu madre solo tienes que decirle que has hecho el encargo, ella no sabrá tu mentira y no te regañará. 

—¡Qué bien!, menos mal que te he encontrado.

Y así hizo. Cogió el saco de arroz y se lo llevó a su madre.

Cuando la madre vio el saco exclamó muy complacida por la cantidad tan grande de arroz conseguida por su hijo.

—Mamá, fue fácil, le dije a la tendera que la tarta era sabrosa y grande así que me tenía que dar mucho arroz a cambio.





El día  continuó y a la mañana siguiente la madre le dijo a Marcos:

—Hijo, coge esta docena de huevos y llévala a la cantina del pueblo, el bodeguero te dará vinagre que me hace falta para cocinar.

Marcos cogió la cesta de los huevos y se dispuso a atravesar el bosque.

Iba muy alegre dando saltos y patadas a las ramas sueltas que  encontraba en el camino hasta que llegó   al lago donde quiso jugar a la rana.  Dejó la cesta de los huevos a un lado y cogió una piedra, cuando tomó  impulso para tirarla y  que llegara muy lejos  dio  un paso atrás sin recordar  que allí había dejado la cesta de los huevos, cuando se dio cuenta fue demasiado tarde, había pisado la cesta y con ello los huevos estaban todos rotos.

—Oh, qué fatalidad. ¿Qué haré ahora? ¿Cómo va el bodeguero a darme el vinagre si ahora no tengo ni los huevos ni el dinero para comprarlo?

—¿Otra vez aquí? —dijo el duende que volvió a aparecer  de entre los árboles.

—Mira lo que me ha pasado, no podré cambiar los huevos por el vinagre —dijo el niño al duende que le miraba con los brazos en jarra.

—Umm…, está bien, yo te lo soluciono.

El duende sacó  una botella grande de vinagre  de detrás de una piedra y  continuó diciendo:

—Solo tienes que decirle a tu madre que hiciste el encargo.

—¡Bien!  Será sencillo —replicó el niño ya con un tono alegre, y cogiendo la botella se fue corriendo a su casa.



—Hola hijo, qué pronto has venido y qué botella más grande, pensé que solo te daría medio litro.

—No mamá,  dije que los huevos eran de gallinas bien criadas y muchos tendrían  dos yemas así que la botella de vinagre tendría que ser la más grande que tuviera.

—Marcos —dijo el padre—, como se te da  bien el trueque me acompañarás mañana, he recolectado unas frutas y las llevaremos al pueblo a ver qué nos dan por ellas.






Y así hicieron,  al día siguiente fueron padre e hijo con varias cajas  de melocotones al pueblo,  y como estos eran  amarillos como soles y suaves como el terciopelo, nada más llegar les fue fácil cambiarlos por un saco de cuero lleno de monedas. Con él,  Marcos y su padre emprendieron la vuelta a casa contentos por el negocio.

El padre iba relatando en voz alta lo que haría con ese dinero: compraría unos clavos y cercos para arreglar las ventanas de la casa porque cuando llovía entraba el agua por las rendijas, también compraría unas telas para que la madre hiciera unos trajes más fuertes para el  trabajo, unos zapatos para Marcos y su hermano que ya se les habían quedado pequeños los que tenían…, y así se les hacía el camino corto. Pero el día era caluroso y cuando iban por medio del bosque el padre quiso refrescarse la cara con el agua del lago.



Según se sentó en la orilla Marcos vio que entre los matorrales aparecía el duende.


—¿Qué haces aquí? —le dijo el niño sobresaltado.

—¿No me has llamado? —le respondió el duende.

—No, hoy no, está aquí mi padre y te va a ver, vete.

—No te apures tu padre no puede verme, está dormido. Pero dime, ¿vienes a pagarme los favores, verdad?

—Yo no te debo  nada, no te pedí que me ayudaras.

—Bueno, con ese saco que veo de monedas creo que será suficiente, me daré por pagado.

—¡No, no puedes hacer eso, ese dinero es de mi padre y lo necesita!.

Y el duende desapareció con el saco de monedas.

Marcos todo turbado despertó a su padre diciéndole:

—Vamos, papá, se hace tarde y tenemos que llegar a casa antes de que anochezca —dijo sin atreverse a contarle lo que había ocurrido.

—Si, hijo, además tengo ganas de contarle a tu madre cuántas cosas vamos a poder hacer.





Cuando llegaron a la casa todo eran risas y  abrazos, con el dinero remediarían muchos de los problemas que tenían. Pero cuando el padre puso el ato sobre la mesa  vio que dentro no estaba el saco de monedas. 

—¿Dónde está el saco de cuero con el que dices te han pagado?  —preguntó la madre.

—Estaba aquí —dijo el padre—.  No he podido perderlo, no me he separado del ato ni un instante. Marcos, ¿sabes tú algo?

—Papá, tú te quedaste dormido  y entonces vino el duende…

—¿Pero qué estás diciendo hijo?, ¿has cogido tú las monedas?, ¿qué has hecho con el dinero?

—No, es verdad lo que os digo, ha sido el duende —insistía el niño.

—¿Por qué mientes?, no debes ser tan mentiroso.

Y el niño aturdido y sin saber qué hacer ni decir salió de la casa  a toda prisa.



Llegó hasta el lago sin parar de correr y se sentó junto al agua llorando de forma  desconsolada.

—¿De nuevo aquí? —dijo el duende que apareció entre los matojos.

—Tú le has quitado el dinero a mi padre y no me creen. Tú tienes la culpa de todo.

—La culpa solo la tienes tú.  Tú eres quien ha mentido, yo no —le replicaba el duende.

—Pero yo no quería esto.

—Asómate al lago y mira lo que has hecho con tus mentiras.

Marcos miró el agua y como si una pantalla fuese aparecieron las imágenes.


Primero apareció  la tendera a la que tenía que haber llevado la tarta y no lo hizo. La mujer necesitaba esa tarta para venderla a la hora de la merienda a sus clientes, como no la tenía fue a su almacén a  por  arroz para preparar dulces de arroz o tarrinas de arroz con leche,  pero como tampoco lo tenía  no pudo prepararlo  así que tuvo que cerrar esa tarde la tienda. Por la noche no le llegó el dinero recaudado para cenar.



Después  apareció reflejada en el lago la imagen del bodeguero, aquél que nunca recibió los huevos. Ese día no pudo preparar las tortillas para sus clientes, ni huevos fritos  ni cocidos y como tampoco tenía el vinagre no podía servir ni ensaladas ni vinagretas, así que tuvo que cerrar esa noche y en su casa  no le llegó el dinero para cenar.




El niño al ver las imágenes se quedó impactado, no se había imaginado que con sus mentiras podía hacer tanto daño  a los demás,  incluso ahora en su casa  no había dinero para comprar los zapatos que necesitaban tanto él como sus hermanos, ni las telas para que la madre hiciera ropas fuertes  para  trabajar, ni reparar las ventanas…

—¿Ves el dolor que causas con tus mentiras y  engaños? —dijo el duende.

—Ya no mentiré más, no sabía que hacía tanto daño,  pero qué puedo hacer para repararlo, estoy muy arrepentido.

—Tienes que devolver lo que le ha faltado a todos ellos. Para eso tendrás que trabajar duramente. Ahí tienes esos maderos —dijo apuntando a un montón de troncos que se amontonaban en la ribera del lago— los cargarás y los llevarás al aserradero a venderlos, ese dinero lo dejarás en la tienda y en la bodega a donde nunca llevaste la mercancía.

—Así haré, no descansaré hasta que lo consiga.




Y el niño se puso a cargar los pesados  troncos y llevarlos uno a uno al aserradero. Fue un trabajo  muy duro y pesado que le llevó muchos días pero lo consiguió.

Con el primer pago llevó un saco de dinero a la tienda de comestibles y lo dejó en un lado del mostrador cuando nadie le veía. Con el segundo pago hizo lo mismo con el bodeguero, se lo dejó sobre un barril cuando todo el mundo miraba hacia otro lado. Y habiendo ya  terminado con la deuda se sentó sobre un madero que quedaba, el último de ellos, en ese momento  vio brillar algo al otro extremo, se acercó y vio con sorpresa unas monedas que rebosaban de un saco de cuero, era el saco que el duende había cogido a su padre con todas las monedas de haber vendido la fruta.


Rápidamente salió corriendo con él mientras decía en voz alta:

—¡Gracias duende, gracias!



Al llegar a su casa los padres le acogieron con abrazos y besos.

—Hijo, creíamos que nunca te volveríamos a ver, estábamos muy preocupados por ti.

—Lo siento, ya no volveré a mentir nunca más.



Marcos ya no volvió a mentir, aprendió que con la mentira siempre se acaba mal porque el daño que se hace a los demás es el que también te pueden hacer a tí. ¿Y sabéis una cosa? Que a partir de ese día fue más feliz que nunca.  











Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.





Isi, el hada de la generosidad


  
  



   Voy a contaros lo que pasó en un poblado de hadas de un bosque muy lejano, un bosque que no está en los mapas.  Atended…




  Érase una vez un poblado de hadas donde todo era alegría y felicidad. Las hadas, muy aplicadas,  trabajaban muy duro para que el bosque siguiera siendo hermoso y brillante. 

   Sus trajes eran vaporosos y de colores fluorescentes,  sus orejas puntiagudas —lo normal en un hada— y su cabello, uy, su cabello era largo y sedoso, de hecho les gustaban presumir de él   y cuanto más largo y cuidado más bellas se veían  y así, con mucho ocultismo entre ellas,  cuando terminaban de trabajar había quien se exponía a la luz de la luna para que su pelo tomase el brillo azulado, otra se recostaba sobre la roca para que se le fortaleciera…, cada una tenía su secreto.



   Se daba que todos los años había un concurso entre hadas de distintos poblados. Un jurado encabezado por la reina de todas ellas dictaminaba qué poblado tenía las hadas más bellas.

   Para ellas era muy importante porque el premio consistía en un cargamento de miel que les duraba todo el año, ya sabéis que las hadas son muy golosas.




   Faltaban pocos días para que la reina hada viniese con su cortejo cuando Isi, el hada más chiquitita de todas ellas,   decidió  darse un baño de rocío para que  su cabello adquiriera la soltura del aire.

   Se fue a un manantial donde todo su alrededor estaba plagado de  flores y  reposando sobre unas margaritas escuchó una voz entrecortada que gritaba:

    —¡Socorro!
   Isi  se asustó, se incorporó y empezó a buscar con la mirada de dónde provenía esa voz.

—¡Socorro! —seguía escuchando. Con sus alas en vuelo comenzó a  buscar con ahínco.

   Al fin vio a un duende que en medio del riachuelo movía sus brazos de forma desesperada, se notaba que no sabía nadar y la corriente le alejaba de la orilla cuanto más se movía.

   Isi, sin dudarlo un minuto, voló hacia él y le dijo:

   —¿Puedes cogerme de la mano? Yo te llevaré a la orilla.

   El duende cogió su mano pero era muy pesado para nuestra pequeña hada y la arrastraba hacia el agua. 

   —Espera, agárrate a mi vestido —pero al ser de seda lo  desgarró.

Isi no sabía qué hacer, tenía poco tiempo o la corriente se lo llevaría lejos. 

   —¡Ya está! mi pelo es fuerte y podrá contigo. Agárrate a él.

   El duende le dijo:

   —Tu pelo es muy preciado para ti, te lo despedazaré.

   —Agárrate a él  —repitió sin titubear.

    Así hizo. El duende se cogió fuertemente a su pelo  mientras Isi volaba hasta la orilla. Notaba que se le caían a jirones  pero no dudó en seguir volando hasta   poner a salvo al duende.

   —Gracias, me has salvado la vida.

   El duende se fue e Isi quedó rendida.




  A la mañana siguiente cuando todas las hadas se reunían para repartirse la tarea  apareció Isi con su pelo cuarteado, roto, empobrecido y todas exclamaron un  — ¡NOOO!— 

   —Lo siento

   —Pero cómo puedes tener  el pelo de esa manera, qué has hecho, perderemos el concurso por tu culpa.

   Isi se fue llorando después de la reprimenda de sus compañeras y se cortó el pelo muy cortito para que al menos creciera todo por igual.  




   Llegó el día en que la reina  asistía al gran concurso, este poblado era el último en visitar.

   Todas las hadas se dispusieron ante ella mostrando sus  más delicados modales, sus ropajes más resplandecientes y sus cabellos largos y  radiantes menos Isi  que con su pelo corto satinaba todo su atuendo. 

   —Veo que una de vosotras no ha cuidado su pelo —Dijo la reina hada. Y aplacando todo el revuelo que se produjo entre las hadas continuó diciendo: 

   —Ayer vino a verme un duende y me contó que una de vosotras poniendo a riesgo su hermosa melena le salvó la vida.  Quiero recordaros que la belleza no radica en vuestra apariencia. Este hada, con su gesto,  demostró  la bondad que caracteriza al reino de las hadas.  Con vuestro sacrificio lográis que los bosques sigan siendo frondosos y que todos los seres que viven en él sean felices,  esa es vuestra esencia y eso tiene su recompensa.


   Y así fue cómo las hadas de este poblado ganaron el cargamento de miel, premiando la generosidad y entrega de Isi.



   Vosotros niños no olvidéis nunca  lo que estas hadas aprendieron aquél día: la belleza no está en  el exterior  sino en vuestros corazones, actuad según esta encomienda y seréis más felices.










Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.