Cuentos infantiles escritos por Manuela Fernández Cacao


Isi, el hada de la generosidad


  
  



   Voy a contaros lo que pasó en un poblado de hadas de un bosque muy lejano, un bosque que no está en los mapas.  Atended…




  Érase una vez un poblado de hadas donde todo era alegría y felicidad. Las hadas, muy aplicadas,  trabajaban muy duro para que el bosque siguiera siendo hermoso y brillante. 

   Sus trajes eran vaporosos y de colores fluorescentes,  sus orejas puntiagudas —lo normal en un hada— y su cabello, uy, su cabello era largo y sedoso, de hecho les gustaban presumir de él   y cuanto más largo y cuidado más bellas se veían  y así, con mucho ocultismo entre ellas,  cuando terminaban de trabajar había quien se exponía a la luz de la luna para que su pelo tomase el brillo azulado, otra se recostaba sobre la roca para que se le fortaleciera…, cada una tenía su secreto.



   Se daba que todos los años había un concurso entre hadas de distintos poblados. Un jurado encabezado por la reina de todas ellas dictaminaba qué poblado tenía las hadas más bellas.

   Para ellas era muy importante porque el premio consistía en un cargamento de miel que les duraba todo el año, ya sabéis que las hadas son muy golosas.




   Faltaban pocos días para que la reina hada viniese con su cortejo cuando Isi, el hada más chiquitita de todas ellas,   decidió  darse un baño de rocío para que  su cabello adquiriera la soltura del aire.

   Se fue a un manantial donde todo su alrededor estaba plagado de  flores y  reposando sobre unas margaritas escuchó una voz entrecortada que gritaba:

    —¡Socorro!
   Isi  se asustó, se incorporó y empezó a buscar con la mirada de dónde provenía esa voz.

—¡Socorro! —seguía escuchando. Con sus alas en vuelo comenzó a  buscar con ahínco.

   Al fin vio a un duende que en medio del riachuelo movía sus brazos de forma desesperada, se notaba que no sabía nadar y la corriente le alejaba de la orilla cuanto más se movía.

   Isi, sin dudarlo un minuto, voló hacia él y le dijo:

   —¿Puedes cogerme de la mano? Yo te llevaré a la orilla.

   El duende cogió su mano pero era muy pesado para nuestra pequeña hada y la arrastraba hacia el agua. 

   —Espera, agárrate a mi vestido —pero al ser de seda lo  desgarró.

Isi no sabía qué hacer, tenía poco tiempo o la corriente se lo llevaría lejos. 

   —¡Ya está! mi pelo es fuerte y podrá contigo. Agárrate a él.

   El duende le dijo:

   —Tu pelo es muy preciado para ti, te lo despedazaré.

   —Agárrate a él  —repitió sin titubear.

    Así hizo. El duende se cogió fuertemente a su pelo  mientras Isi volaba hasta la orilla. Notaba que se le caían a jirones  pero no dudó en seguir volando hasta   poner a salvo al duende.

   —Gracias, me has salvado la vida.

   El duende se fue e Isi quedó rendida.




  A la mañana siguiente cuando todas las hadas se reunían para repartirse la tarea  apareció Isi con su pelo cuarteado, roto, empobrecido y todas exclamaron un  — ¡NOOO!— 

   —Lo siento

   —Pero cómo puedes tener  el pelo de esa manera, qué has hecho, perderemos el concurso por tu culpa.

   Isi se fue llorando después de la reprimenda de sus compañeras y se cortó el pelo muy cortito para que al menos creciera todo por igual.  




   Llegó el día en que la reina  asistía al gran concurso, este poblado era el último en visitar.

   Todas las hadas se dispusieron ante ella mostrando sus  más delicados modales, sus ropajes más resplandecientes y sus cabellos largos y  radiantes menos Isi  que con su pelo corto satinaba todo su atuendo. 

   —Veo que una de vosotras no ha cuidado su pelo —Dijo la reina hada. Y aplacando todo el revuelo que se produjo entre las hadas continuó diciendo: 

   —Ayer vino a verme un duende y me contó que una de vosotras poniendo a riesgo su hermosa melena le salvó la vida.  Quiero recordaros que la belleza no radica en vuestra apariencia. Este hada, con su gesto,  demostró  la bondad que caracteriza al reino de las hadas.  Con vuestro sacrificio lográis que los bosques sigan siendo frondosos y que todos los seres que viven en él sean felices,  esa es vuestra esencia y eso tiene su recompensa.


   Y así fue cómo las hadas de este poblado ganaron el cargamento de miel, premiando la generosidad y entrega de Isi.



   Vosotros niños no olvidéis nunca  lo que estas hadas aprendieron aquél día: la belleza no está en  el exterior  sino en vuestros corazones, actuad según esta encomienda y seréis más felices.










Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

La nube que usaba collares



  




Os voy a contar la historia de una nube, una nube que nació como las demás, allá arriba, en lo más alto. Poned atención.


   Era un día de mucho calor, el cielo estaba despejado y dominaba una luz que cegaba, era  un día espectacular.
   Al principio tan sólo fue una gota de agua, después se le fueron uniendo otras muchas gotas hasta convertirse en una nube, una nube que fue creciendo poco a poco como hacéis vosotros los niños.

   Nuestra nube era alegre y dicharachera. Le gustaba mucho jugar y se divertía  con las demás nubes disfrazándose unas veces de cara de mujer, otras de ogro e incluso a veces se hacía pasar nada menos que por un castillo.
   Por las mañanas, cuando salía el sol, como era muy traviesa jugaba  a “la luz y a las tinieblas” y así ahora daba sombra a los campesinos que estaban en sus tierras y tenían que salir todos corriendo a ponerse chaquetas, y ahora dejaba pasar la luz y todos tenían que quitársela sudando a gota gorda. Había veces que  mosqueaba al Astro  poniéndose sus rayos como collares, si, si, es que también era muy coqueta, nuestra nube lo tenía todo.

   Y entre risas y griterío transcurrieron sus primeros días de existencia sobre campos rebosantes de vida.


   Pero  las nubes  nunca están quietas así que pronto echó a andar.

   Algo que tampoco sabréis de las nubes es que se pasan la vida bebiendo, pues la nuestra  no iba a ser menos, y así bebió de los torrentes, del rocío en las noches, del respirar de las plantas, del vapor de la ropa tendida…, y  poco a poco se hizo grande, tan grande que llegó  a convertirse en la más grande de todas las nubes.

   Pero sigamos con nuestra historia.

   Nuestra nube era muy blanca y daba la sensación de ser muy esponjosa, destacaba entre  todas las demás, llegándole las voces que desde la tierra de ella decían:

   —Mira, mira qué nube más bonita, parece hecha de burbujas.  

   Y otros decían…

   —Parece un dulce de algodón.

   Y ella que lo escuchaba se ponía henchida de orgullo. Tanto, tanto le alabaron que  le pasó lo que nunca os tiene que pasar a vosotros: que poco a poco su ego fue agrandándose hasta desbordarse de ella misma y se hizo más presuntuosa que un pavo real.

   Sin darse cuenta cambió de carácter y se fue haciendo insolente y  déspota, hasta sentirse autosuficiente, y creyendo que era superior a las demás nubes decidió apartarse  de todas  para ir por libre.

   —Ala, ala, pues vete por ahí tú sola, a ver hasta dónde llegas —les decían las que antaño habían sido sus amigas.

   Y siguió su camino de forma independiente.


   Pasó el tiempo…


   Nuestra nube dejó de disfrutar de sus viajes,  ahora simplemente se trasladaba a través del horizonte con el único afán de escuchar alabanzas hacia ella.
   También dejó de observar, en su lugar quería ser observada. Aparecía arrogante por el cielo despejado como diciendo: “Aquí estoy yo”. Se quería comer el mundo.

   —¡¡EHHHH!! ¿Me puedes dar un poco de tu agua? No bebo desde hace meses, el sol calienta mucho, tengo sed  —Le dijeron unas voces desde abajo. Nuestra nube le respondió:
   — ¿Creéis que os voy a dar  agua, a vosotros, a unos pocos  árboles que no os quedan ni apenas ramas?

   Y siguió su camino.

   Alguien que le gritó:

   —¡¡Aquí, aquí!!  Comparte un poco de tu agua con mis tierras, viene la hora de la recolecta y si no tienen agua todo mi trabajo de un año estará perdido.
   —Ja, ja, ja, —se reía nuestra nube— pues dedícate a otra cosa.

   Pasó por un pantano.

   —Oye, no pases de largo, —dijo el guardián de la presa— necesito agua ¿Qué voy a dar de beber a la gente? 
   —¡¡Y a mí qué me cuentas!!

   Y así  día tras día iba desoyendo las voces que le clamaban compartir lo que tenía.



   Caminaba tan embelesada en sí misma  que llegó el momento en el que perdió el rumbo.
   Nuestra nube ya no sabía dónde se encontraba y mucho menos hacia dónde se dirigía.

   Cansada de deambular  se detuvo y miró hacia abajo.
   Vio un montón de casas muy altas, máquinas en movimiento que echaban humo, escuchaba gritos y ruidos extraños. No entendía nada. ¿Qué era todo aquello? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Dónde estaban esas tierras de colores donde había crecido? Todo eran preguntas. Ya nadie la miraba, nadie se dirigía a ella, como si no estuviera, la ignoraban completamente.
   Fijaos como era  su confusión que no se daba cuenta de lo que iba absorbiendo. Y así bebía agua de los charcos sucios, de los sumideros, de los deshechos de las fábricas. Y bebió restos de carburantes esparcidos por el suelo y restos de líquidos unos viscosos, otros de bebidas extrañas, derramados por aquel lugar tan horrible.

   Nuestra nube cambió su color para convertirse en una nube negra que parecía hecha de hollín.



   Abatida por el cansancio y por la tristeza se dejó llevar por el viento.
   Fue así como llegó al mar y dejándose mecer por la brisa como solo lo hacéis  vosotros los niños  en brazos de vuestras madres, se quedó dormida.
   Soñó con la tierra que le vio nacer, una tierra fresca y apacible. Se vio de nuevo jugando a los “mimos” y a “quién llegaba antes”. Volvió a escuchar las risas, a ver los colores, a oler la fruta recién caída del árbol. Pero de repente en su sueño apareció una mancha negra y fea que le hizo despertar de un sobresalto. Abrió los ojos y se reconoció reflejada en el azul del mar, esa mancha negra era ella misma.
   Tanta pena le dio que lloró amargamente y con la suavidad de una leve caricia se deshizo en silencio.


   Pero tranquilos, niños, el mar es bueno y se apiadó de ella y de un arrebato la creó de nuevo y con la espuma de una gran ola la empujó tierra adentro, lo más adentro que pudo, y nuestra nube en menos de lo que dura un instante  desapareció en la lejanía sin mirar atrás, adentrándose en el valle, blanca y esponjosa como cuando era niña.



   Nadie sabe si la nube recuerda su vida anterior. Hay quien dice que  está destinada a vivir una y otra vez su misma historia y que cuando toma conciencia de ello  se retuerce y grita y echa chispas y es cuando se produce la tormenta.

   Yo no lo sé, pero haced como yo: mirad hacia arriba y si un día veis una nube que use collares, sabed que es ella.







Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.